Claro que a un niño no le hace ningún daño esperar cinco minutos para cenar. Le pasará docenas, cientos de veces a lo largo de su infancia, de manera natural. Pedirá la cena y la cena no estará lista. O se sentará a la mesa y le harán levantarse para lavarse las manos. Querrá ver un programa por la tele y se tendrá que esperar a que comience. Tendrá que esperar al dÃa de Reyes para recibir sus regalos, aunque los paquetes ya estén escondidos en el armario de sus padres. El bebé despertará llorando desesperado, y su madre tardará cinco minutos en venir porque está dormida, en la ducha o friendo croquetas con el aceite a punto de quemarse. Nada de eso hace ningún daño a un niño. Como tampoco le hace ningún daño (permanente) recibir por accidente una leve descarga eléctrica, caerse jugando y hacerse un moretón o despellejarse una rodilla.
Lo verdaderamente dañino en todas estas técnicas «educativas» no es el hecho en sÃ, sino su motivación. No es lo mismo tocar accidentalmente un cable eléctrico que pasarle corrientes eléctricas a propósito a un niño para que aprenda a tolerar la frustración. Cualquier niño prefiere golpearse jugando a que su propio padre le pegue una bofetada, aunque a veces se hace más daño jugando. No es lo mismo pensar «tengo que esperar porque la cena no está preparada» o «no podemos cenar hasta que venga tÃa Isabel» que pensar «podrÃamos cenar ya, pero mis padres no me dejan por el simple placer de hacerme esperar». No quisiera que mis hijos guardasen de mà ese recuerdo.
Si el niño tiene edad suficiente para comprender lo que le están haciendo, sin duda sentirá la misma rabia y la misma humillación que sentirÃamos cualquiera de nosotros en semejantes circunstancias. O tal vez tenga razón Skinner y, si se le ha sometido a tales abusos desde la más tierna infancia, acabe por someterse, por aceptar que no tiene ningún derecho y que está a merced de la voluntad y del capricho de otros.
Un bebé, en cambio, no puede conocer el motivo del retraso; nunca sabrá si su madre tardó cinco minutos porque estaba muy ocupada o porque le dio la gana. Para el bebé no existe, es cierto, ninguna diferencia. Pero para la madre sÃ. No se puede justificar una agresión porque la vÃctima no se da cuenta. Es el acto en sà de provocar una frustración deliberada a un ser humano lo que es inmoral. Si esta tarde se corta la luz en su barrio durante diez minutos, usted nunca sabrá si de verdad hubo una averÃa o si la compañÃa eléctrica ha decidido practicar cortes de diez minutos, al azar, para que los ciudadanos aprendan a tolerar la frustración y a arreglárselas sin electricidad. Usted no puede saberlo, pero da por sentado que la segunda opción es imposible. ¿Cómo iba nadie a hacerle una cosa asà a un adulto, fastidiarle a propósito para «educarle»? No, eso sólo se le puede hacer a los niños.
Walden Dos es sólo una novela, pero pretende ser algo más. La solapa del ejemplar que tengo en mis manos afirma:
Walden Dos no es una digresión, no es un divertimento del autor, Skinner cree en su ficción; Walden Dos es aconsejado, como lectura complementaria, a los estudiantes de Ciencias Sociales de muchas universidades norteamericanas.
¡Cree en su ficción! Él mismo lo reafirma en el prólogo que añadió en 1976, donde propugna con entusiasmo que su idea se lleve a la realidad. Skinner jamás intentó criar a ningún niño con su método (se dijo que lo habÃa aplicado con su hija pequeña, pero su hija mayor desmiente con energÃa este mito en la página web de la Fundación Skinner). Lo más cercano que ha existido a la aplicación práctica de sus métodos son los kibbutz de Israel, en los que los bebés y niños dormÃan todos juntos y separados de sus padres. El experimento fracasó, resultaba igualmente molesto para los padres y para los hijos, y hoy en dÃa los niños duermen con sus padres hasta la adolescencia en todos los kibbutz.
Si Skinner hubiera publicado un falso artÃculo cientÃfico, inventando un falso experimento sobre unos sujetos inexistentes, tarde o temprano se hubiera descubierto el fraude. Su prestigio se habrÃa esfumado, le habrÃan echado de su universidad y sus libros habrÃan caÃdo en el olvido. En vez de ello, inventó un falso experimento sobre sujetos inexistentes, pero no lo hizo pasar por real, sino que lo publicó como novela de ciencia ficción. Paradójicamente, mucha gente lo aceptó entonces como si fuese real o al menos como si se basase en datos cientÃficos, y muchos miles de psicólogos y educadores han leÃdo la obra y han dejado que esas fantasÃas impregnen sus creencias y orienten su vida.
E1 concepto de negar sistemáticamente atención y cuidados a los niños para asà aumentar su tolerancia a la frustración está ahora muy extendido, al igual que otras ingeniosas aplicaciones de las teorÃas conductistas. Pero, en realidad, ya eran ideas viejas cuando Skinner intentó darles un nuevo prestigio cientÃfico:
Veamos ahora cómo pueden contribuir los ejercicios a la represión total de los sentimientos. […] Una de estas [pruebas] consiste en abstenerse de ciertas cosas que a uno le gustan. […] Dadles buena fruta y, cuando quieran lanzarse sobre ella, ponedles a prueba. ¿PodrÃas controlarte y guardar esta fruta hasta mañana? ¿SerÃas capaz de regalarla? (Schrebei; 1858, citado por Miller.}
A diferencia de Skinner, Schreber sà que educó a sus hijos siguiendo sus normas. Uno de sus hijos, Daniel Paul Schreber, es considerado «el paciente más famoso de la psicologÃa y el psicoanálisis», y los expertos aún discuten si el tratamiento recibido en su infancia influyó en su posterior enfermedad mental. Otro hijo, Daniel Gustav, se pegó un tiro a los 38 años.
En su hermoso libro ¿Por qué lloras?, Cubells y Ricart nos ofrecen una teorÃa completamente distinta sobre la tolerancia a la frustración:
Es una equivocación frecuente el pensar que la mejor manera de aprender a tolerar y superar la frustración es hacer que el niño se enfrente a ella cuanto antes mejor.
Para ellos, no son los niños, sino los padres quienes tienen que aprender a tolerar la frustración. Es decir, tenemos que comprender que ciertas cosas provocan frustración en nuestros hijos, y que esa frustración se manifestará con llantos, gritos, rabietas e incluso golpes e insultos. Hemos de ser capaces de tolerar estas manifestaciones de ira, que son respuestas normales a la frustración, sin negarles nuestro cariño, sin reñirles ni castigarles, sin caer en absurdas venganzas.
GONZ�LEZ, Carlos. Bésame Mucho. Cómo Criar a tus hijos con amor. pp. 134-140. Ed. Temas de Hoy. Madrid. 2006
Xavier Oñate Pujol
Psicólogo Barcelona
www.xavieronate.com
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