Conozco a gente que ha sufrido crisis de pánico en balnearios. Ataques de ansiedad en el refugio de sus sueños. He visto a tipos desesperados rascándose picaduras de mosquitos imaginarios en playas paradisíacas. Hombres maduros sufriendo de soledad en hoteles de montaña sin cobertura. Jóvenes abandonando bosques porque no pueden conectarse a Internet.
El pensamiento urbanita no está acostumbrado a la actividad silvestre, los cambios bruscos pueden ser peligrosos para la salud mental. Una red de conexiones fraccionadas alimenta su razón de ser. Estamos enganchados. Unidos los unos a los otros por la dependencia de la comunicación virtual. Salir de casa sin el móvil es casi una experiencia extraterrestre.
Algunos individuos lo hacen. Algunos no se lo han comprado y ni siquiera piensan hacerlo. Conozco a dos. Salen a la calle como si nada, paseando tranquilamente y pensando en sus cosas con las manos en los bolsillos. Forman un todo completo, ellos solos consigo mismos, como un puzzle con todas sus piezas.
Pero en nuestro extraño mundo estar localizable se ha convertido en una obsesión. Y ya puede verse a personas aparentemente normales bregando con dos móviles e incluso con tres. Se sientan en un restaurante y los ponen encima de la mesa. Y es mejor no preguntarles la razón de tanto despliegue celular, porque responden cosas incomprensibles que producen desconcierto.
Al fin y al cabo, hay que estar siempre a tiro de piedra por lo que pueda pasar. El mundo es inmediato, volátil, improvisado; conviene no perderse ninguna oportunidad, seguir abriendo vías de comunicación sin bajarse de la espiral. Estar conectado para estar en mil sitios y en ninguno a la vez. Desconectar de la noche a la mañana no es fácil. Si además tu cuerpo ha viajado hasta ese lugar apacible volando por el aire, recorriendo en apenas unas horas la distancia que te separa de tu productividad diaria, es posible que tu cabeza
se haya quedado atrás. Tus cansados pies, es un suponer, retozan por fin en la hierba, pero tu mente tiene sus hábitos, no está entrenada para la contemplación. Ella tiene
siempre mucho que hacer. No está claro que pueda parar.
Tu mente se ocupa de hacer el minuto rentable, el segundo útil, cualquier asunto reciclable. Una enorme distancia te separa de esa vaca que pasta en el prado de enfrente, es un suponer. La vaca te mira, tú miras a la vaca, pero no hay comunicación.
Por mucho que lo intentes, esa vaca no te interesa. Tu cerebro no acaba de encontrarle una utilidad a ese fragmento de tiempo.
Tiempo inútil. Siempre puedes hacerle una foto. Atrapas al animal en tu cámara, lo conviertes en una imagen acumulable, transformable, transportable; la vaca empieza a cobrar sentido, ya se la puedes enviar a alguien. Con el paso de los días, quizás la velocidad de tu cabeza se va calmando. Un pensamiento deja paso a otro, pausadamente, sin interrumpirse, sin atropellarse. Otro ritmo se apodera lentamente de tu respiración. Vuelve el olfato. Puedes empezar a mirar. Te permites el placer de no hacer nada.
Hay paisajes que te reconcilian inevitablemente con tu parte animal. La observación de los movimientos leves del caracol marino tiene su arte. No sirve para nada.
Clara Sanchís. El Run Run. La Vanguardia, 04/08/2007
www.lavanguardia.com
Xavier Oñate Pujol
Psicòleg Barcelona
www.xavieronate.com
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