La persona narcisista vive angustiada por la imagen que los demás puedan tener de ella. Necesita que su entorno le devuelva una buena imagen de sí misma. Es fácil que esta angustia, que a veces llega a ser delirante, se transmita a los hijos o nietos a través de afirmaciones y creencias que el menor no puede cuestionar ni contrastar.

Si a esto le añadimos que el menor tenga que cubrir las necesidades emocionales y las expectativas de sus adultos, que esté sometido a chantaje emocional, coacciones constantes, menosprecios, críticas crueles, abandono afectivo, negación de la realidad que percibe, etc. es cuando podríamos hablar de una familia con dinámicas narcisistas.

A modo de ejemplo, y para abrir un espacio de debate y reflexión, os quiero compartir una de esas órdenes que son imposibles de realizar y que someten al niño/a a un estado de impotencia e indefensión (y también a un adulto durante la etapa de fe ciega en el maltratador/a).

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