A las personas que sufren o han sufrido abuso narcisista en el ámbito de la pareja se les presenta un gran problema cuando tienen que explicar lo que les ha sucedido. Les invaden profundos sentimientos de culpa, duda, vergüenza o confusión. Unas veces la falta de apoyo, otras la incomprensión de sus allegados, no hace más que empeorar las secuelas del estrés postraumático que sufren. Pueden encerrarse en sí mismas, aislarse y sufrir alteraciones en su estado de ánimo. Así es, las personas sometidas a abuso narcisista acaban sufriendo, en muchas ocasiones, estrés postraumático complejo. Y quien desconoce este tema se puede preguntar: ¿Son débiles porque han permitido que ocurriera ese abuso o porque pasado tanto tiempo aún arrastran secuelas? ¿Son culpables porque de algún modo lo han permitido? ¡Para nada! estos prejuicios tienen que cambiar.

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Qué es esto del abuso narcisista? Para hacerlo simple y llano, es una forma de maltrato psicológico que en sus primeras fases suele ser muy encubierto, muy sutil. Surge a partir de la perversión narcisista (o narcisismo encubierto) y de la psicopatía integrada o subclínica. La diferencia entre ambos trastornos os la explico en el artículo: Diagnóstico diferencial entre perversión narcisista y psicopatía integrada.

Según el Manual Diagnóstico y estadístico de Trastornos Mentales, alrededor del 1% de la población sufre trastorno narcisista de la personalidad, el mismo porcentaje que de psicópatas. A pesar de ello estos datos no tienen en cuenta las formas de narcisismo encubierto y psicopatía socialmente integradas, en las que un porcentaje mucho más alto del mencionado tienen claros rasgos narcisistas y psicopáticos que se manifiestan con conductas que desgraciadamente hemos normalizado. Los encontraremos en la política, en las empresas, instituciones de todo tipo y también en el ámbito personal.

Cuando una persona se aumenta su estima en la medida que hace disminuir la autoestima de otra, eso es una forma de abuso. Cuando alguien desprecia, es hostil, muestra indiferencia, intimida o miente sin inmutarse para manipular los sentimientos y el comportamiento de otra persona, eso es abuso psicológico.
Cuando alguien actúa con una doble fachada para manipular su entorno (esto es, con algunos familiares, amistades en común, compañeros de trabajo se muestra como un ser encantador, atento, servicial y lleno de buenos valores; pero con la víctima tiene un comportamiento egoísta, manipulador, chantajista y carente de empatía) eso también es abuso psicológico, porque deja a la víctima en una posición de indefensión y aislamiento.

El narcisista encubierto niega su propia maldad atribuyéndola a sus víctimas. Las acusa de lo que en realidad él o ella hace. Es egocéntrico y muy hábil en la palabra, si rascas un poco siempre tiene que tener la razón, y si no se la das se irrita o se hace el dolido/a, miente sin inmutarse y tergiversa la realidad, aunque lo disimula con un halo de bondad y buenas intenciones. Suele generar caos y confusión a su alrededor, responsabilizando de ello a sus chivos expiatorios. El narcisista encubierto es una persona que no es quien parece; por eso le resulta relativamente fácil tener engañado a su entorno. Sólo las personas que conocen este tipo de dinámicas, que no se dejan engañar por las apariencias y que tienen la suficiente sensibilidad y empatía para atar cabos, pueden ver lo que ocurre y comprender a la víctima.

¿Cómo se produce el abuso narcisista en el ámbito de la pareja?
Primero a través de la creación y fortalecimiento del vínculo y la dependencia entre maltratador/a y víctima. Lo hace seduciéndola, idealizando la relación, protegiéndola, diciéndole lo que necesita escuchar, ensalzándola, elogiándola, hipervalorándola. Esa persona, colmada de atenciones, baja las defensas para entregarse con una confianza incondicional. Eso lo hace cualquiera que no tenga una actitud de desconfianza ante los demás y ante la vida (cosa que indicaría que ya ha sufrido de algún modo algún tipo de maltrato o abuso de confianza!) El narcisista también puede recurrir a la seducción material si detecta que la víctima lo necesita, ofreciéndole dinero, vivienda o trabajo, generosidad bajo la que esconde una voluntad de atar a la víctima para luego utilizarla y sacar provecho personal de ella.

Una vez la tiene bien atada, aparece el maltrato propiamente dicho. Pero atención, su inicio es muy progresivo y paulatino. Con mayor o menor sutileza, dependiendo del momento, va devaluando a la víctima con mensajes y actos de desprecio que van aumentando progresivamente de intensidad, disimulados con una pretendida intención de inocencia, bondad o humor. Esto hace tambalear la autoestima de la víctima y la seguridad en si misma.

También se van produciendo mensajes hostiles, como reproches, insultos, amenazas, mal humor y amargura. Todo esto en el ámbito interno, porque de cara a la galería el perverso narcisista se mostrará con una sonrisa, voluntad de ayudar y mucho don de gentes.
Otra forma en la que va calando este maltrato psicológico es cosificando a la víctima, tratándola periódicamente con indiferencia (la deja de hablar durante horas o días), no mostrando la más mínima empatía a sus sentimientos, derechos o necesidades, la ningunea, triangula con terceras personas para hacerla sentir excluida, ignorada…

Así mismo, y aunque sea invisible al resto de personas, la violencia del abuso narcisista también puede manifestarse aislando a la víctima de su entorno familiar y social, imponiendo conductas y haciéndola hacer cosas que no haría por si sola, coaccionando, insistiendo tozudamente o controlando su vida personal. El uso de la culpabilización y el enfado como estrategias de chantaje emocional es otra característica del abuso. El narcisista se hará el ofendido, la víctima, acusando a la víctima real de todos los males y negando toda responsabilidad. Y atención: En el caso que el narcisista pidiera alguna vez perdón, será por conveniencia, por estrategia para conseguir lo que quiere (mantener una buena imagen, conseguir los bienes que desea), pero nunca asumirá ni reparará el daño que ha hecho.

Y posiblemente la siguiente sea la más característica de este tipo de abuso: la manipulación de la realidad: El uso del engaño, la mentira, la negación del maltrato, el victimizarse ante la víctima y terceras personas, provocar a la víctima para que responda con agresividad y la pueda culpar, hacerla creer (y hacer creer al entorno) que es mala persona, que no está bien de la cabeza, que tiene problemas emocionales… o hacerla creer que se imagina y se inventa hechos que sí han ocurrido, que ha dicho cosas que en realidad no ha dicho, que su memoria hace áscuas… es lo que llamamos gaslighting o hacer luz de gas, y probablemente sea la forma más cruel e inhumana de desestabilizar psicológicamente a una persona, creándole un estado de confusión y duda sobre qué percibe, qué siente, qué intuye y qué necesita… la víctima se pierde a sí misma, queda psicológicamente desintegrada. Y todo esto se lo hace alguien que le decía que la amaba. Por eso cuesta tanto de aceptar y asimilar; las secuelas están relacionadas con el estrés postraumático, que incluye síntomas como la ansiedad, la irritabilidad, depresión, alteración del humor, insomnio, pensamientos obsesivos y alteración de las relaciones personales, entre otros síntomas.

¿Cómo acaba la relación de pareja? La víctima queda descartada. Después del acoso sufrido, cuando ya no es útil, cuando el juguete se ha roto, lo deshecha, se lo quita de encima. Lo puede hacer desapareciendo sin explicaciones, lo puede hacer provocando que sea la víctima quien acabe con la relación. Lo habitual es que la víctima quede en shock, traumatizada, confusa y culpabilizada de ese fin. Después de haberse creído que era amada, de haber confiado sin condiciones, la víctima queda en estado de shock: A qué persona le entregué mi alma? Suele preguntarse. Se da cuenta que lo que vivió fue una estafa. Esto y toda la experiencia de denigración y sometimiento previo hace que la recuperación no pueda elaborarse como un duelo normal. Tomará mucho más tiempo y caminos distintos al duelo común.

A quienes les gusta el marisco saben que si ponen una langosta viva en agua hirviendo, ésta da un salto y se escapa de la cazuela. En cambio, si se la coloca en agua fría y se va calentando poco a poco, la langosta se va acostumbrando, adaptando, al aumento progresivo de temperatura hasta que, sin haberse percatado de lo que estaba sucediendo, acaba muriendo.

Esto es lo que sucede en una relación de abuso narcisista: el maltrato empieza de forma sutil, paulatina, creando una normalización de la situación que acaba atrapando a la víctima sin que se de cuenta, adaptándose, cediendo, cediendo en todo, … hasta que ya es demasiado tarde porque se ha quedado atrapada y confusa en una pegajosa telaraña. Sólo la fortuna, el saber que no está sola y un último poso de instinto de supervivencia le permite huir y salvarse. Luego le queda un árduo proceso de recuperación emocional y psicológica, a menudo también económica y social.

Quien ha sufrido abuso narcisista ni es culpable de lo que le ha ocurrido, ni lo ha permitido por no saber gestionar una situación, ni es débil por no haber puesto límites o no dejarlo atrás. Sencillamente se ha encontrado con algo que no sabía que existía, con un modus operandi que desconocía y con unas consecuencias personales que alteran gravemente la capacidad habitual de reacción. Quien haya pasado por esta experiencia necesita esencialmente que su vivencia, su verdad, sea validada. Porque tomando las palabras de Gloria Fuertes, morirte es que no te vean aquellos que amas.
Deseo que este artículo y los demás que hay en este blog puedan ayudarte a facilitar su comprensión.

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